– Mi sangre no será derramada en vano – dijo sacándose la espada de su cuerpo y arrojándola a un lado –. Doy como ofrenda este liquido rojo de mi cuerpo, a los Dioses de la tierra y el cielo, para que mi última voluntad se cumpla en el campo de la batalla...
Todos los presentes, con sus espadas, escudos y arcos, estaban abstraídos con la visión del guerrero enmascarado, quien empezaba a emanar un aura ennegrecida y blanquecina por su cuerpo, mientras que con una mano apretaba su propio sable, el cual lo usaba como basto de apoyo, y la otra sostenía lo que botaba por la herida en su estomago.
– Antiguos Dioses elementales, haz que aquellos que han osado crear el conflicto y la destrucción, manchando las almas de esta noble tierra, llamada Midgard... – hizo una pausa y tosió sangre, por el orificio de la boca de su mascara – Sufran horriblemente por el pecado que han cometido en nombre de su credo, al sacrificar miles de inocentes que no quería participar en ningún bando – luego alzo su espada al cielo y la extraña aurora creció, de forma que pareciera una enorme bestia alada –… Yo Saloman, hijo de Kur y Nagal de la tierras salvajes, se lo implora en el nombre de las ocho lagunas malditas...
Así fue que su cuerpo maltrecho fue consumida por el vapor negro-blanco que emanaba, como lo haría el fuego a las hojas. Dejando la mascara que lleva puesta y el sable, como mudos testigo de lo que se aproximaba. Es así, que se formo una especie de gigantesca serpiente alada con muchas púas en su espalda, un dragón conocido como Uróboros. Todos estaban estupefactos con la criatura materializada, incluso los dos sumos sacerdotes que dirigían sus respectivos ejércitos en escaramuza mutua. Un ritual realizando por Saloman, usando sus conocimientos en artes antiguas y desaparecidas, al utilizar el punto en que confluye todas las energías de los soldados o guerreros en la batalla, donde marcaría el triunfo de alguna las huestes armada en acciones bélicas, para invocar a tan escalofriante criatura serpentina que pareció en esa tierra desolada por la guerra.
Uróboros, observo el campo de batalla que se imponía en el entorno, junto con las piezas de ajedrez de carne. Aspiro aire por su fosas nasales y expulso por su boca el fuego explosivo de su aliento venenoso, calcinado a todos aquellos que eran alcanzados por la columna flamígera. Algunos soldados se defendían con rocas y fechas de su colosal atacante, otros huían asustados por el rugido gutural de la bestia alada. Sin embargo, todos terminaban igual, calcinados hasta los huesos y gimiendo por piedad, mientras el fuego consumía la piel y los músculos. Incluso los sumos sacerdotes sufrieron el mismo destino que su lacayos, además demostrando su verdadera falsa devoción de la que tanto se jactaban de seguir, al predicar sobre sus credos. Cuando el fuego abandono el lugar donde reino la escaramuza y los cuerpos huesudos emanaba humo negro. Uróboros comenzó a morderse su cola, consumiéndose a sí misma, hasta que desapareció al producirse el último bocado. Dando fin a una guerra e iniciando un nuevo porvenir, por ahora...










PRIMERO! ahora la leo xD
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