¡Ya no puedo soportarlo más!... Día tras día lo escucho resonar en mi caja craneal, chocando en sus paredes en forma de concierto de chirridos... Tan insistente como la silueta, que veo entre la vigilia y el sueño, del que llamo “Él”... ¡Oh, Dios!, ¿Qué te hecho para faltarte al respecto, para merecer tal calvario, o sera tú plan lo que padezco, para que sea un iluminado de dolor y el sufrimiento?
“...Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén...” es el estribillo que repito para contrarrestar a su poder e influencia, hacía mi persona. Pero no he sido capas de contrarrestarlo, como sí fuera una fuerza de la naturaleza inexpugnable e indetenible...
¿Qué es lo que le queda al ser que enfrenta a lo imposible?
¡Ja, ja, ja!, ¡Todo es una trampa!
La locura es mi única salida, mi única cura a tan formidable enemigo, ¡Ja, ja, ja!... Ahora lo ve con claridad, es “Él” en el centro del abismo primogénito trasmitiendo desde un satélite natural, que cada vez se aleja de la tierra para ir a otro universo; con diferentes leyes de la física, o desde un submarino nuclear soviético, símbolo del poderío del Stalinismo, en curso hacia la conciencia de la tierra; la Antártica donde vigilan los Gigantes de los Andes... Debo abrazar a mi nuevo amo y señor, quien es Ángel y Demonio a la vez... Debo repetir su mantra para estar en comunión perfecta en el Astral con mi nuevo maestro, para amarlo y odiarlo en la eternidad sin sentido... No puedo resistir más su influencia con terquedad....
¡La Muerte... La Muerte no... Exis...!










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